La antropología aplicada en la formación de antropólogos

Virginia MOLINA (CIESAS-DF)

Aunque la mayor parte de los egresados en los programas docentes que preparan antropólogos en México no encontrarán trabajo permanente en los centros de investigación básica, no capacitamos a los estudiantes en los diversos usos de la antropología, así que estamos olvidando una parte importante de la formación que debemos dar a nuestros alumnos. Nuestro interés central es formar investigadores básicos y profesores de alta calidad, con lo cual les proporcionamos las habilidades necesarias para desempeñarse profesionalmente, pero debemos abrir sus perspectivas con respecto a los requerimientos de los usos de la antropología fuera del medio académico, ya que el mayor porcentaje de ellos tendrá que poner sus habilidades al servicio de la práctica, sea por elección personal o por la escasez de trabajos permanentes en la academia. Por otra parte, la demanda de antropólogos aplicados no conforma un mercado especializado en nuestro medio, así que no debemos formar especialistas en alguno de los campos de la antropología práctica. Mi planteamiento central es que, sin descuidar la formación actual de investigadores y profesores de excelencia, pensemos en que la formación de nuestros estudiantes los haga capaces de aplicar lo que aprendieron, de ser excelentes tanto en la investigación básica cuanto como profesionales que pueden poner en uso lo que aprendieron en su formación como antropólogos. Cubrir la brecha entre la enseñanza que damos y la verdadera práctica profesional que tendrán nuestros egresados presenta un interesante reto.

Parto del hecho que la antropología aplicada sigue los mismos pasos metodológicos que la investigación básica, por lo que podemos ofrecer una buena educación que permita a nuestros egresados trabajar en los dos tipos de situación laboral. Ambas inician el camino con la identificación del problema, continúan con el acopio de la información requerida, y luego se mueven a diferentes niveles de abstracción  en diversos niveles de abstracción hacia los planteamientos generales. Las diferencias son su objetivo y las preguntas de investigación que se plantean: para una, el objetivo es la búsqueda de opciones de solución a un problema; la otra busca aportar nuevos conocimientos. Una plantea su pregunta de investigación más o menos en estos términos (siguiendo la propuesta de Aguirre Beltrán [1] ): ¿Qué potencialidad tiene los recursos existentes para solucionar esta situación no resuelta, cuál es la relación entre estos recursos y la situación no resuelta y qué cambios pueden y deben hacerse?; la otra generalmente pregunta: ¿Cómo es esto?, ¿cómo y por qué llegó a ser como es?. No obstante, en ambos casos la lógica de la investigación es la misma.

Llama la atención que, en un país como México, en el que la antropología aplicada fue una práctica generalizada de los antropólogos hasta los años ’60, sea necesario insistir en la importancia de formar a nuestros estudiantes en la aplicación de la antropología. Desde su institucionalización, a principios del siglo XX y hasta el inicio de la década de los ’70 en ese siglo, la antropología mexicana fue vista como una ciencia social que proporcionaba a sus profesionales las herramientas analíticas que les permitían desempeñarse como agentes o consultores en las instancias gubernamentales encargadas del cambio social planificado. Entre 1951 y 1963, en la curricula de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) se consideraba como sinónimos a las denominaciones: “antropología social”, “antropología social aplicada” y “antropología aplicada”. [2] En 1951, la ENAH estableció una sección de antropología aplicada en coordinación con el Instituto Nacional Indigenista, con el fin de entrenar especialistas en desarrollo social desde el punto de vista de nuestra disciplina. El programa de la especialidad en antropología social incluía cursos de planificación social, sociología rural, sicología social y antropología aplicada. Los profesores de la escuela, por lo general, combinaban sus actividades en investigación básica en el INAH con la práctica de la antropología en áreas tales como la política indigenista, la vivienda, la nutrición o el desarrollo de la comunidad.

Aunque en 1967 un sector importante de profesores y estudiantes de la ENAH cuestionó los programas de antropología social, aún los críticos más radicales seguían pensando que la antropología es una disciplina con el doble propósito de hacer investigación básica y aplicada. Pero el cambio cultural de fines de los ’60 incidió en la crítica radical a la política indigenista como etnocida y, sin revisar a profundidad sus propuestas conceptuales y metodológicas, metieron en un mismo saco todo tipo de práctica antropológica fuera de la academia y la mandaron al sótano. Así, a partir de mediados de los ’70, la práctica de la antropología, hasta entonces común entre todo el gremio, se calificó como actividad espuria y se le negaron los espacios que antes tenía tanto en foros académicos, como en las revistas especializadas y los programa de formación de los antropólogos. No obstante, una buena parte de los egresados de las escuelas de antropología la siguió practicando, pero ahora tuvieron que formarse por su cuenta, en la práctica profesional extra-curricular.

A mediados de los ’80, las dos licenciaturas en antropología social que se imparten en la ciudad de México reintrodujeron una materia de antropología aplicada, pero no es necesario que quien la imparte haya tenido experiencia en ese campo. Los programas de posgrado no tienen una materia semejante, y algunos tratan de paliar esta ausencia invitando a antropólogos con experiencia en la aplicación a dar conferencias a sus estudiantes. De ninguna forma estas experiencias pueden compararse con el tipo de formación para la aplicación que tenía el programa de antropología social en la ENAH hasta mediados de los ’70 (al que ya hice referencia). Estos parches difícilmente proporcionan la formación si no son acompañados de análisis específicos de las características de lo que significa trabajar fuera del medio estrictamente académico.

La mayor parte de nuestros egresados está compitiendo por empleos en un mercado no específico que solicita “científicos sociales” que sepan proponer propuestas de solución a problemas, en los que al empleador le da lo mismo si quien postula proviene del trabajo social, de la psicología, de la sociología, la pedagogía o la antropología. El empleador no sabe cuál sería la especificidad en la formación de cada uno de estos profesionales, ni tampoco nuestros egresados pueden enfatizar qué es lo que saben hacer mejor que otros científicos sociales.

Mi propuesta es que, en los programas docentes a todos los niveles, debemos capacitar a nuestros estudiantes en los dos objetivos posibles de la antropología: investigación básica y aplicación, ya que una no demerita a la otra.

Es necesario que los jóvenes en formación sepan que la antropología aplicada:

  1. Formula sus preguntas de investigación en otros términos, porque sus objetivos son distintos a los de la investigación básica, por lo que los resultados de esta última no pueden traducirse automáticamente a los problemas de aplicación.
  2. Se considera ciencia social y no una rama de las humanidades, por lo que algunos de los enfoques teóricos en boga, tales como el relativismo, los estudios culturales o la hermenéutica, no les permitirán comprender los problemas y sus posibles soluciones.
  3. Es una disciplina preocupada en especial con los cambios sociales y culturales, planeados o no.
  4. Hace especial énfasis en el método comparativo y en análisis muy detallados de los diferentes enfoques, propuestas, axiomas, acciones y resultados de la aplicación, tomando en consideración los variados contextos nacionales en los que han sido aplicados.
  5. Si esperan trabajar en medios donde se requiere la práctica profesional, deben aprender a plantear preguntas de investigación muy precisas que puedan contestar en un plazo determinado, sin contar con ampliaciones. Esta formación en el cumplimiento de los plazos debe darse aún con los trabajos escolares que deben entregar.
  6. Deben aprender a elaborar cronogramas y presupuestos de investigación muy específicos.
  7. Deben aprender a hacer la traducción conceptual y escribir sus resultados en lenguaje que pueda ser claramente entendido por quien solicitó el trabajo, así como elaborar los resúmenes ejecutivos necesarios.
  8. Deben conocer, discutir y prometer cumplir los códigos de ética de nuestra disciplina.

Formar buenos antropólogos capaces de aplicar su disciplina en México requiere de algunos insumos académicos que por ahora no tenemos. Aunque podemos beneficiarnos de las introducciones y manuales en antropología aplicada que se producen en otros países, necesitamos tener conocimiento de primera mano de cómo funcionan las cosas en México, según nuestra peculiar forma nacional de hacer las cosas.

Necesitamos:

  1. Una sistematización de nuestro conocimiento sobre cómo opera en México el cambio sociocultural planeado o no. Qué dificultades y qué facilidades encuentra.
  2. Consolidar la antropología aplicada en México requiere de análisis detallados de los supuestos y las hipótesis subyacentes en los diversos proyectos que se han hecho en México, cuáles son las operaciones intelectuales con las que los antropólogos aplicados hacen sus diagnósticos y sus predicciones, y cómo ponderan las diversas opciones de solución. La mayor parte de nuestro conocimiento sobre esta rama de la disciplina proviene de las presentaciones orales en foros como éste. Pero requerimos sistematizar las lecciones de estas experiencias. Formemos nuestros propios archivos orales, tales como los que existen para los maestros y los arquitectos.
  3. Necesitamos buenas etnografías densas de los diferentes roles que juegan los antropólogos en las diferentes situaciones de trabajo. Etnografías basadas en entrevistas y la observación de cómo trabajan los antropólogos aplicados en México, qué problemas encuentran y cómo tratan de resolverlos (con la población-objetivo, con los demás miembros de los equipos de trabajo, con los responsables, jefes o directores). Estas etnografías deberían incluir el tipo de trabajo que hacen nuestros colegas tanto los que tienen empleos permanentes en organismos gubernamentales o ONGS, los que hacen antropología aplicada eventualmente y los que trabajan como consultores, en forma permanente o eventual.Este conocimiento es indispensable para elaborar especies de manuales sobre lo que es la práctica de la antropología en medios no estrictamente académicos.
  4. Necesitamos saber cómo hacen el seguimiento de las consecuencias inmediatas y de largo plazo de sus propuestas los antropólogos aplicados, y cómo evalúan su propio trabajo.
  5. Necesitamos análisis detallados de los contextos sociales en los que se toman las decisiones políticas en México para el tipo de trabajo en el que está implicada la antropología aplicada. Cómo han sido las relaciones entre los antropólogos y los diversos niveles políticos en los que se toman las decisiones, así como cuándo y cómo se han dado entendimientos exitosos entre los tomadores de decisiones y los científicos sociales.

La tarea que tenemos por delante requiere algo más: un cuerpo de profesionales interesados que recolecte, analice y escriba estas experiencias. Ha habido diversos intentos de volver a ganar un espacio social para la antropología aplicada, un espacio en el que podamos reforzar las redes sociales de los interesados en este campo, pero no han cuajado. Propongo que formemos un grupo informal de los interesados en la difusión de esta práctica profesional, con una agenda para ir haciendo el trabajo que se necesita. Un espacio con foros académicos específicos en los que podamos desmenuzar y reflexionar sobre nuestras experiencias con sus logros, pero también con sus dificultades y sus juicios equivocados. Este grupo es esencial para proporcionar a los antropólogos que trabajan fuera de los medios puramente académicos un espacio donde puedan actualizarse teórica y metodológicamente.

Los insumos académicos que este grupo proporcione ayudará a los programas que están formando antropólogos a proveerlos con las herramientas y las habilidades que necesitarán para enfrentar el mercado laboral tan diversificado, en el que deberán competir por un espacio propio. Si podemos lograr esta excelente formación, quizás lograremos que sean capaces de hacer conocer al medio no académico para qué sirve la antropología.

Notas:

[1] Cfr.  “Investigación Intercultural” in El Proceso de Aculturación y el Cambio Sociocultural en México, (hay varias ediciones de este libro).

[2] Cfr. Juan Comas, La Antropología Social Aplicada en México, Instituto Indigenista Interamericano, México, 1964.